Pase de Batalla

¡Comandantes!

Ha comenzado una nueva temporada del Pase de batalla, así que es el momento de un nuevo enfrentamiento entre dos comandantes estrella. Esta temporada, Damon Kilmore y Angela Milotova competirán para descubrir quién es el mejor. Ambos son ases curtidos en mil batallas, cada uno con su propia historia y destino. Descubrid todos los detalles sobre su relación con este material.

Lista de episodios

El largo camino a casa

  • Primera parte
  • Segunda parte
  • Tercera parte
  • Cuarta parte

El pelotón de Milotova, Badger y Kilmore rodeaba al cazacarros enemigo humeante. Esta habría sido la última batalla de Angela si el Patton no hubiera tenido una torreta tan gruesa.

—Misión cumplida. Volvamos a casa. Milotova, tenemos que hablar.

—Con mis debidos respetos, teniente, ¿sobre qué?

—¿Cómo que sobre qué? ¿Eres consciente de que has desobedecido las órdenes? Has entrado en territorio enemigo, sola y sin la información adecuada.

—Pero quería informaros sobre la emboscada…

—¡Sin órdenes! ¡En cuanto volvamos a la base, voy a hablar con el comandante de tu pelotón!

—Ha caído.

Normalmente, tras una batalla exitosa, el camino a casa se hacía entre charlas, bromas e historias de batalla. Esta vez las radios permanecieron silenciosas.

La vida en el frente puede hacer que dos extraños se conviertan en hermanos de armas. Incluso la pérdida de un blindado es devastadora. Hoy habían perdido a un pelotón entero.

Estaba claro que, aunque no sabía lo que había pasado con el pelotón de Angela, Kilmore había ido demasiado lejos. El propio «Demon» lo entendía perfectamente. También sabía que debía apoyar a Angela. Aunque nunca había sido muy elocuente, se esforzó por encontrar las palabras adecuadas.

—¿Qué ha pasado?

—Salimos al mediodía, media hora después de tu partida, según lo planeado. Estábamos explorando los alrededores. —Milotova era famosa por su fuerza y valor, pero esta vez hasta el propio Kilmore se preguntaba cómo podía hablar con tanta calma tras perder a todo su pelotón. —De pronto, nos dispararon desde el bosque. Supongo que estaban esperando a que nos acercásemos antes de lanzar la emboscada. Destruyeron el primer blindado de inmediato. Ni siquiera pudo esquivarlo. Tras el primer tiro, nos dividimos y buscamos cobertura. Pasamos a ser tres contra cuatro. Libramos una larga batalla posicional. Al final, yo era la única en pie de mi pelotón.

—¿Por qué no volviste a la base inmediatamente?

—Quería avisaros de la emboscada. Intenté avisaros con la radio, pero estaba dañada y la señal se había reducido. Cuando por fin logré encontrar una señal, ya veía a Badger. ¡Badger, no podía perderte a ti también!

—¡Te debo una, Angela!

—¡Faltaría más!

Badger no estaba en el pelotón de Kilmore, pero guardó silencio durante el camino a la base. «Demon» tenía autoridad para dar órdenes a todos los miembros de la unidad.

–Milotova, te voy a decir algo y más vale que lo recuerdes. Si mi Patton no tuviera una torreta tan dura, ahora estaríamos recogiendo trozos de tu blindado. ¿Querías salvarnos de una emboscada? Bien, en lugar de eso, te metiste en problemas. Fue un error de novata. La batalla no ha acabado hasta que el último enemigo ha caído. Ya seguiremos con esta conversación.

Informe

  • Primera parte
  • Segunda parte
  • Tercera parte
  • Cuarta parte

El comandante de la compañía se sentó, pasando la mirada de Angela, extrañamente tranquila, a Kilmore, furioso.

—¡Casi recibe fuego aliado! Semejante novata no tiene lugar en la línea de frente. ¡Sería mejor que siguiese como médica! —Kilmore estaba muy irritado con las acciones de esa «bala perdida sin experiencia de combate». Seguía intentando persuadir al comandante para que revocase el estado activo de Angela.

—¿Novata? Con mis debidos respetos, teniente Kilmore, aunque empecé como piloto, llevo mucho tiempo a los mandos de mi propio carro. ¿Cuándo va a entender que puedo ser tan útil como cualquiera de sus hombres en el campo de batalla?

Kilmore montó en cólera.

El pelotón de «Demon» estaba considerado como la élite. Cualquier tripulante de blindado de esa banda del frente soñaba con unirse a él. Sin embargo, hasta hoy, nadie se había comparado con los soldados de «Demon».

—¡¿Quién te crees que eres para compararte con mi pelotón?! ¿Acaso sabes lo que pueden hacer mis hombres? ¡Han cumplido innumerables operaciones con éxito y emergido sin un rasguño! ¿Y tú qué? En cuanto entras en el campo de batalla, tenemos que rescatarte. No tienes lo que hay que tener, Milotova.

—¡Solo lo hice para salvar a mis hermanos de armas! Usted libra cada batalla como si no hubiera un mañana. Pero no solo arriesga su vida, también la de sus hombres...

—¡No es lo mismo! —interrumpió Kilmore. Angela cesó su emotivo discurso y lo miró con ojos inquisitivos, esperando que continuase. Sin embargo, el teniente no tenía ninguna intención de entrar en detalles.

—Supongo que eso quiere decir que habéis acabado —dijo finalmente el comandante tras haber escuchado a ambas partes. Quizás hubiese oído bastante, quizás quería evitar que Angela siguiese haciendo preguntas—. Sargento Milotova, teniendo en cuenta la situación, no deberías haber actuado así. Sin embargo, la tripulación de Badger y su vehículo están intactos gracias a tus esfuerzos, así que te agradezco la ayuda.

—Teniente Kilmore, ten en cuenta la situación actual. Casi perdemos un pelotón entero. No añadas más presión sobre tu camarada. Milotova, ya he formado todos los pelotones, pero veré qué puedo hacer por ti.

—¡Pero la próxima vez puede que no llegue a la base! —contestó Kilmore.

—¡Ya me habéis oído! La conversación ha terminado. ¡Podéis retiraros!

Milotova se apresuró para salir de la oficina del comandante en primer lugar, pero antes de cerrar la puerta dijo—: Con el debido respeto, señor, hace mucho tiempo que dejé de ser médica.

El nacimiento de la tormenta

  • Primera parte
  • Segunda parte
  • Tercera parte

El padre de Angela solía ser un conductor excelente. Tras el fallecimiento de su mujer, siempre se llevaba a su pequeña consigo a la base blindada. Nunca tuvo intenciones de compartir sus conocimientos sobre blindados con Angela, pero la curiosidad de su hija y su deseo de imitar a su padre eran insaciables.

La joven acabó fascinada por los vehículos blindados e incluso aprendió algún que otro truco de conducción. Su amor por los carros creció de tal forma que se planteó seguir los pasos de su padre. Pero finalmente, y tras escuchar «esto no es un trabajo para mujeres» en repetidas ocasiones, optó por tomar la trayectoria de su madre y apuntarse a una escuela de medicina. Tras su graduación, Angela se unió nuevamente a su padre y se alistó como médica en la tripulación de una unidad blindada de soporte médico. Pero su deseo de estar al mando de un carro de verdad nunca se desvaneció del todo.

Milotova sabía que había nacido para salvar vidas desde su tierna infancia. Desde el primer día de servicio, su labor consistió en asistir a los menos afortunados en batalla e incluso traerlos de vuelta de entre los muertos si la situación lo requería. Y se entregó plenamente a dicha tarea. Esto hizo brotar una pasión tan intensa que el deseo de pilotar desapareció por completo de su mente.

Hasta que, un día, un tanquista gravemente herido llegó a la enfermería. Estaba en estado crítico, y ninguna medicación o tratamiento del que disponían podía detener lo inevitable. Apenas consciente, repetía una y otra vez con un hilo de voz: «Solo necesitábamos un carro más...». Dichas palabras despertaron algo en ella. ¿Y si ella pudiese ser ese «carro más» que tanto necesitaban? ¿Y si su vocación realmente fuera evitar las heridas en el fragor de la batalla y no la curación de heridas ya abiertas en una mesa de operaciones?

Durante otra operación, Milotova se disponía a rescatar a los tripulantes de un carro aliado cuando, de repente, una salva de artillería aterrizó en su propio vehículo. Cualquier otra persona habría perdido la esperanza. Pero no ella. Con sangre fría y guardando la compostura, logró controlar la situación y evacuar a la tripulación herida del vehículo en llamas. Por fin pudo dar un buen uso a las habilidades que había aprendido años atrás.

Fue todo un hito, por el que Angela se ganó una medalla de bravura en batalla. Asimismo, también fue un punto de no retorno en su vida. Había perdido el rumbo tras la pérdida de su equipo, por lo que se decidió finalmente a seguir los pasos de su padre. Cargando con el peso de la reputación de su padre y la presión que ello suponía, Angela logró completar el entrenamiento para el rol de conductor de blindados. Y sabía perfectamente a qué pelotón quería unirse, sin importar cuánto tiempo le tomaría lograrlo.

Sabuesos infernales

  • Primera parte
  • Segunda parte
  • Tercera parte

La rehabilitación fue larga. Los únicos que salieron indemnes de la batalla fueron Kilmore y Ramírez, pero era imposible saber si era gracias a su experiencia o pura suerte. Pero en comparación con la relativamente rápida recuperación de Juan Pablo, «Demon» parecía estancado, atormentado por una pesadilla recurrente. No dejaba de pensar en aquella batalla, una a la que sobrevivió cuando no debía haberlo hecho.

No podía dejar de pensar en jubilarse, pero no era capaz de decepcionar a sus compañeros de pelotón. Finalmente decidió volver al frente, el único lugar en el que podía aliviar su dolor y su sentimiento de culpa.

Una desafortunada coincidencia hizo que Ramírez, que ya se había recuperado de sus heridas, recibiese una carta de casa solo unos días después. Su abuela, la persona más cercana a él y su único vínculo con la vida civil, había fallecido.

—No sé qué hacer ahora. No me queda nadie fuera del ejército.

—Tómate unos días de descanso.

—Y después, ¿qué? ¿Me dedico a vivir un muermo de vida llenándome de analgésicos hasta que muera de aburrimiento? No, jefe. No estoy hecho para eso. Mi lugar está en el frente. Lo único que sé hacer es luchar, así que lo haré hasta el final.

Esto le dio a Kilmore una idea para solucionar tanto el problema de Ramírez como el suyo propio. «Demon» formó un pequeño pelotón con solo dos blindados: el «Pipeline» y el Sheridan.

Sus tripulantes eran todos de élite, guerreros con talento natural que luchaban como si cada batalla fuese la última. No les importaba quién fuera el enemigo. Lo único importante era destruir tantos vehículos como fuera posible.

El nombre de este pelotón era genérico: «Caballería de Kilmore». Pero con el tiempo, todo el mundo empezó a referirse a ellos como los «Sabuesos infernales» debido a su habilidad y coraje para lanzarse a las misiones de combate más complejas y arriesgadas.

Una conversación sincera

  • Primera parte
  • Segunda parte
  • Tercera parte

Era difícil encontrar a alguien más reservado que Kilmore. De pocas palabras y grosero con todo el mundo, incluso los oficiales de mando evitaban los enfrentamientos directos con él. Eso no significaba que el teniente no pudiese abrirse y confiar en los demás. Simplemente, no lo hacía con cualquiera.

De hecho, solo confiaba en una persona. Ramírez, su socio más cercano, mano derecha y hermano de armas. Era el único con el que Damon podía permitirse ser sincero.

Durante una de sus conversaciones, Ramírez logró lo imposible: tiró de la lengua a Kilmore para que hablase sobre Milotova, cierta chica «insufrible».

—Tiene talento, Damon. Es hábil y mantiene la sangre fría en las situaciones más difíciles. Encajaría en nuestro pelotón.

—Ya sabes cuál es mi criterio a la hora de seleccionar a los futuros tripulantes. Es nuestra tripulación, no solo tuya. No lo olvides.

—No lo haré. Y ya que tengo voz y voto en esto, tenía que preguntarte.

—Puedes intentarlo.

—¿Y si hacemos una excepción?

Kilmore sonrió, sacudiendo lentamente la cabeza.

—No, no y no. Agradezco tu preocupación, querido amigo, pero... no podría soportar si sucediese de nuevo. No se trata solo de seguir un «criterio especial». Verás...

Kilmore se detuvo a media frase. Ramírez percibió lo incómodo que estaba su comandante. Aun así, Damon se recompuso y continuó.

—Es su forma de ser. Se parece a mi hijo. No me perdonaría nunca si terminase como él.

Ramírez no se esperaba tal confesión.

—Lo comprendo, Pipe. Por otro lado, quizá algún día nos salve como hizo con Badger...

Kilmore permaneció sentado mientras buscaba una respuesta, y tras una breve pausa, se levantó repentinamente como si aquella conversación nunca hubiese tenido lugar.

—Ya veremos. Bueno, va siendo hora de pasar el informe. Levanta ese trasero.

Frente tormentoso

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  • Segunda parte
  • Tercera parte


Desde la pérdida de su pelotón, Milotova y su tripulación habían sido incapaces de volver al meollo de la acción. Los demás pelotones estaban completos.

Kilmore era el único que podía adoptar a «Tormenta», pero no estaba dispuesto a ceder.

Angela estaba decidida a descubrir la razón tras su reacia actitud. Incluso pidió ayuda al secretario del comandante de la compañía para localizar su expediente personal.

Inicialmente el secretario se negó a husmear en su expediente personal, pero la curiosidad pudo con él. Kilmore era el mejor comandante de blindados y su pelotón era considerado una leyenda viva; no obstante, nadie sabía qué había sucedido antes de su formación.

¿Por qué rechazaba a tantos tanquistas con potencial, y en especial a Angela? El secretario pronto descubrió que el expediente de Kilmore estaba clasificado. Era la primera vez que se topaba con un caso así.



Mientras, y para que Milotova no se angustiara por no hacer nada, el comandante de la compañía formó un pelotón nuevo bajo su mando.

Eso sí, bajo una condición: tendría que entrenar y dar órdenes a las tripulaciones novatas que pilotaban los otros dos carros.

Eso significaba que no podían participar en misiones de combate. Eso disgustó a Milotova, ya que le impedía mantener su promesa de salvar vidas. Pero al menos la mantendría ocupada. Además, por fin tenía su propio pelotón y podía preparar a los más jóvenes para la verdadera acción.



Ello supuso otra consecuencia: Angela dejó de solicitar su transferencia al pelotón de Kilmore. Damon estaba furioso. ¡El comandante de la compañía no había descalificado a Milotova, y además le había asignado un pelotón!

Al rato terminó por calmarse y digerir la decisión. Angela ya no se interpondría en su camino durante las misiones de combate y estaría relativamente a salvo en su «enfermería».

Esqueletos en el armario

  • Primera parte
  • Segunda parte


Milotova empezaba a perder la cabeza. Cada vez se la enviaba a menos misiones, así que invertía su tiempo libre en descubrir más sobre Kilmore. Tenía que haber una razón por la que rechazara todas sus solicitudes de transferencia. Por desgracia, ninguno de sus intentos dio fruto. El expediente de Damon estaba clasificado.

Angela empezó a hacer preguntas sobre el pasado de Kilmore. Algunos no sabían nada porque se habían unido a la unidad tras la formación de los Sabuesos infernales. Otros no querían hablar del tema. Badger era el único que parecía saber algo al respecto. Al fin y al cabo, aún se oían rumores sobre «aquella» batalla cuando se unió al pelotón.



Según los rumores, Mikey Branson, un joven y prometedor tanquista, había reclamado el asiento de piloto de un vehículo el día previo a la misión.

Kilmore estaba inquieto. No pudo pegar ojo, dedicándose a predecir todos los posibles resultados de la operación. Todo se fue al traste por un error de inteligencia. Solo Kilmore y Ramírez volvieron con vida.

—Veamos, ¿quién era ese tal Mikey? Tengo entendido que era un familiar de Kilmore, pero no lo sé a ciencia cierta. Los últimos nombres son distintos y no se parecen en nada. De todos modos, ¿por qué te intriga todo esto, Milotova? No hay lugar para simples mortales como nosotros en su pelotón, así que no le des más vueltas.

Informe del almuerzo

  • Primera parte
  • Segunda parte
  • Tercera parte


El «Frente tormentoso» al que muchos se referían en broma como el «Frente silencioso» empezaba a hacer honor a su nombre. Los jóvenes miembros de la unidad de Milotova siguieron puliendo sus habilidades batalla tras batalla. El comandante de la compañía era consciente de su progreso, por lo que les asignó misiones cada vez más complicadas.

Kilmore comprendió que, en un futuro próximo, Angela recibiría una misión especialmente dura. Era inevitable. En algún momento, Damon tomó asiento al lado de Angela en la cantina.

—¿Cómo ha ido tu última batalla?



Milotova se tensó de pura sorpresa. El hombre que nunca había tenido palabras amables para ella trataba de entablar conversación. Hizo una pequeña pausa.

—No ha ido mal. No han habido bajas.

—He visto que «Tormenta» tiene dos abolladuras en la torreta. ¿Obra de un Grille, supongo?

—¿Cómo lo sabe? No estaba ahí.

—Ni falta que hace. Teniendo en cuenta los enemigos de la zona, solo un Grille podría dejar semejante marca. Deberías sentirte afortunada de que te disparara desde ese ángulo. ¿Dejaste la torreta expuesta?

—Tenía que hacerlo, los demás lo estaban flanqueando...



—Angela, estas ya no son misiones de reconocimiento. La torreta de mi carro puede rechazar proyectiles pero «Tormenta» no puede, y lo sabes. Lo que sí tiene es un compartimento a rebosar de munición, y es increíblemente rápida. Espera a que los enemigos recarguen para lanzarte hacia el frente y abrir fuego. ¿Entendido?

—Entendido.

—Bien... ¡Eh, Ramírez! ¡Quieto ahí, amigo! ¿Acaso pensabas irte sin mí?

Y sin más, Kilmore desapareció tan repentinamente como había aparecido. Milotova no se movió, reflexionando sobre el comportamiento del teniente.

Promoción

  • Primera parte
  • Segunda parte


Su pelotón recibía misiones de cualquier dificultad, excepto la mayor. Era consciente de que esas reservas se debían a sus subordinados, y no a ella. Tenían que demostrar que estaban preparados para participar en ellas, que podían dar la talla.

La reputación de Angela en la unidad creció junto con las habilidades de su pelotón. En su momento, solo Damon Kilmore era una figura de autoridad. Pero ahora había dos comandantes igualmente capaces. Y aunque ambos eran respetados por igual, Damon despertaba temor, mientras que Angela inspiraba cariño.



El servicio del comandante de la compañía pronto llegaría a su fin. Como veterano curtido de las batallas de blindados, se preparaba para su jubilación y su muy esperada vuelta a casa. Su objetivo principal era encontrar a alguien en la unidad con la suficiente capacidad para reemplazarlo, y solo dos personas eran aptas para ese papel.

Angela sabía que sería la batalla más importante de su carrera. Si quería ganarse el respecto de los demás tendría que superar a su mentor, a quien había admirado desde el primer momento y que nunca había reconocido sus logros pasados.

Kilmore estaba más que preparado y, además, se tuteaba con el comandante de la compañía, con quien habían llegado a un acuerdo previamente.

¡Asalto en el frente!

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  • Segunda parte
  • Tercera parte


La situación en el frente no hacía más que empeorar. El comandante de la compañía decidió posicionar allí al pelotón de Milotova. Angela era feliz. Le preocupaba la cantidad de bajas que habían sumado las operaciones recientes, pero no había compartido el campo de batalla con sus actuales camaradas en aquellos tiempos. Ahora podría estar ahí para ayudarles.

Milotova se reunió con el comandante de la compañía para recibir los detalles de su misión de combate. Fue entonces cuando Kilmore apareció sin avisar, exigiendo que la orden se cancelara.

—¡Insisto! ¡Ella no debería participar en la operación!



Milotova, centrada en salvar a sus camaradas, se encendió al escucharle.

—¡Deje de decidir por mí! He demostrado una y otra vez que puedo luchar. ¿Por qué se niega a creer en mí? No puede tomar decisiones por todo el mundo... ¿o acaso se trata de «aquella» operación? He oído hablar de ella. Nada de lo que sucedió fue su culpa. Le podría haber pasado a cualquiera...

—¡Era mi hijo! ¡Mi hijo estaba ahí! Murió por mi culpa. ¿Es que no lo entiendes? ¡Por mi culpa!

Por primera vez, Angela comprendió los motivos de Damon. No actuaba como lo hacía por condescendencia ni arrogancia: era preocupación paternal. Pero no podía hacerse atrás ahora.

—No soy su hija —proclamó tras su saludo, llevándose el dossier de la misión consigo al marchar.



Kilmore descubrió que tendría que luchar en la misma área del frente que Milotova. Puesto que no podía cambiarlo, volvió a su habitación, estudió el mapa del área y los informes de inteligencia, releyéndolo todo una y otra vez hasta caer dormido en su escritorio. Justo lo que sucedió antes de «aquella» batalla.

Ramírez le despertó a la mañana siguiente. Kilmore no se perdonaba por haberse quedado dormido, ya que podría haberse dedicado a calcular y estudiar hasta el más mínimo detalle.

Una batalla decisiva

  • Primera parte
  • Segunda parte
  • Tercera parte


Durante la batalla, Kilmore estaba distraído. Mantenía un ojo en Milotova de vez en cuando con la esperanza de que estuviese bien y prestaba atención a la radio en caso de que precisase ayuda. Fue por eso que terminó cometiendo un error táctico, sumiéndose en una situación crítica. El enemigo estaba ensañándose con él y Ramírez.

Necesitaban apoyo pero sabía que si pedía ayuda, la primera en responder sería Milotova. Era la que más cerca estaba, después de todo. Por un lado, no quería que corriera tales riesgos. Por otro lado, estaba poniendo a su pelotón entero en peligro por su conflicto personal.



Tenía que hacer algo, así que decidió pedir ayuda. Milotova respondió al instante y se apresuró hacia la posición del «Pipeline», pero se topó con dos carros medios enemigos en el camino. Kilmore lamentó haber hecho la llamada. Envió a su pelotón para lanzar un contraataque suicida, atrayendo la atención del enemigo en su dirección.

Sus fuerzas no eran equivalentes. El vehículo de Ramírez había sufrido daños. Kilmore presenció cómo el vehículo de Milotova recibía un disparo. A su vez, los disparos enemigos impactaron en su carro. Kilmore trató de contactar con Milotova.

Silencio. Apenas quedaban unos pocos enemigos intactos, pero los vehículos aliados no estaban en condiciones de seguir luchando.

El enemigo se preparaba para asestar el golpe de gracia.



Kilmore alzó la escotilla decididamente y, cojeando, se acercó a «Tormenta» y sus enemigos. Desenfundó su pistola y abrió fuego desesperadamente.

Un disparo,

dos disparos,

tres disparos...

seguidos de una explosión. Justo entonces, la sombra de un avión barrió el suelo junto a Kilmore. Los carros enemigos terminaron hechos escombros tras un ataque aéreo. Fue así como todos sobrevivieron. No obstante, «Tormenta» y «Pipeline» habían recibido muchos daños y necesitaban reparaciones exhaustivas.

Con las cartas sobre la mesa

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  • Segunda parte
  • Tercera parte


Kilmore y Milotova se encontraron en el taller, justo antes de que las reparaciones de sus respectivos vehículos se completaran.

—¿Ahora entiendes por qué no acepté tu solicitud de transferencia?

—Sí, por su hijo.

—Y eso no es todo. Me prometí a mí mismo que no tendría que redactar más notificaciones de fallecimiento. Ya has visto a mis chicos. No tienen nada que perder.



—Pero yo tampoco tengo nada que perder, y nadie me está esperando. Mi padre está muerto. La tripulación de mi ambulancia fue asesinada. ¡No me queda nadie! ¡Nadie llorará por mí!

—Para empezar, no habrá llantos porque no te pasará nada. Eres una tanquista excelente, Milotova. Quizá algo temeraria, pero excelente. ¿Y a qué te refieres con que nadie lloraría por ti? No digas estupideces y mira a tu alrededor. Todo el mundo te aprecia.

—¿Y usted?

—Yo también.

En ese momento Karl Vojtěch, un ingeniero y amigo del padre de Angela, emergió del garaje.

—Teniente Kilmore, el «Pipeline» está operativo. Los tanques de combustible están llenos.



—Gracias, Karl. Estoy en camino.

—¿Hacia dónde? —preguntó Angela, sin comprender lo que sucedía.

—Nos van a transferir. Esta es tu unidad ahora, Milotova. Te lo mereces.

Kilmore dio una palmada en el hombro a Angela, pero antes de que ella pudiese formar frase alguna el teniente ya había subido al «Pipeline», dejando el garaje atrás.

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