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Little Audrey: El avance final

Memorias del soldado de artillería 14404393 Leslie Dinning
Primer Real Regimiento de Tanques
1944

Podéis leer las primera y la segunda parte de este relato en la sección El hangar de recuerdos de The_Challenger de nuestro portal.

Entramos en Alemania durante el invierno por Broeksittard, en la frontera entre Bélgica y el país germane. Mientras estuvimos en la localidad, mi escuadrón y el escuadrón “C” abandonamos los tanques para actuar como infantería estática. Los blindados del escuadrón “A” estaban atrincherados en primera línea y tripulados durante el día para vigilar la frontera alemana. Por la noche, en los vehículos solo había una persona haciendo guardia, un hombre por tanque que observaba tierras de cultivo abiertas bajo una oscuridad total. Se hacían turnos de dos horas, que ya era bastante, teniendo en cuenta el intenso frío. Tras acabar la ronda, despertábamos a nuestro relevo, cosa que hacíamos encantados aunque para entonces ya contásemos con uniformes para tanques: una funda completa de pies a cabeza con cremalleras que llegaban desde los tobillos hasta el cuello, capucha, dos capas, con una interior engrasada, y totalmente impermeable. Esto sucedió antes de llegar a las Ardenas y recuerdo bien que se oía mucho tráfico en la zona que había ante nosotros.

Pasamos la Navidad en Broeksittard y, en lugar de alimentarnos por nuestra cuenta, era tradición en todos los rangos que los oficiales sirviesen la cena, que incluía pavo, pudin y cerveza en abundancia. Nos reunimos todos en un gran salón del pueblo y nos lo pasamos muy bien, con la primera línea siempre a la vista. No sé si los alemanes nos oirían cantar, pero bueno, seguro que ellos estaban haciendo lo mismo.

Hubo otra ocasión en la que desmontamos, antes de llegar a Broeksittard. No recuerdo dónde, solo que era en Bélgica. La línea se había detenido y tal vez fuese de nuevo para que la infantería descansase, o quizá era que nos faltaba infantería. La cuestión es que mi tropa se encontraba en un granero y teníamos que ocupar una ametralladora en el patio. Nos habían dado colchones que había que rellenar con paja en otro lugar a cierta distancia. Cuando volvíamos por el camino con los colchones rellenos, se oyó el chasquido de un disparo de rifle que pasó sobre nosotros y procedía de un gran espacio abierto a nuestra derecha. ¡Alguien nos había avistado y decidió pegar un tiro al azar, así que nos largamos de allí! Ir a pie sin tener entrenamiento de infantería era una experiencia horrible. 

En otra ocasión, a última hora de la tarde de un día muy tranquilo, puede que en Alemania, estuve caminando por mi cuenta por un amplio cortafuegos en un bosque que estaba muy surcado por vehículos con orugas y ruedas. Probablemente me hubiesen enviado a contactar con otro tanque y estuviese volviendo al mío, saltando de surco en surco, cuando de repente oí un chasquido tremendo mientras un disparo de gran calibre me pasó cerca e impactó en el suelo a algo de distancia ante mí, seguido del estruendo del cañón: con los disparos de alta velocidad de los cañones de 75 u 88 mm siempre se oía antes el chasquido del proyectil que el sonido del cañón, si es que se vivía para contarlo. Por suerte, había sido un disparo sólido que rebotó y se perdió con un silbido en la lejanía; no sé si habían disparado contra mí o no, pero no me quedé para averiguarlo. Una explicación posible es que un tanque o un cañón autopropulsado había estado allí todo el día con la tarea de observar el frente, no había visto gran cosa, estaba de lo más aburrido y, cuando iba a retirarse para acampar, me vio y decidió hacer un disparo de despedida para avisar de que seguían allí.

En Holanda tuvo lugar otro incidente. Nuestro tanque lideraba el descenso por una estrechísima carretera rural en la que debíamos avanzar en línea de a uno. A nuestra izquierda había una zanja profunda y, a nuestra derecha, un bosquecillo. Había infantería con nosotros, pero estaba inmovilizada por las ametralladoras que disparaban a lo largo de la zanja. Cuando avanzamos hacia una curva a la izquierda para intentar localizar las ametralladoras, una bazuca nos alcanzó. El disparo pasó sobre la parte superior de la torreta y le dio a los bidones de agua atados al guardabarros junto al motor. Tuvimos suerte, porque una bazuca tiene que impactar contra un blindaje sólido para ser eficaz. La explosión solo reventó los bidones y acabé empapado por el agua que se coló por la escotilla de la torreta, que estaba abierta. El conductor, Johnny Firth, era un chico con experiencia, así que no esperó órdenes y dio marcha atrás para ponernos fuera de alcance. Al cabo de un minuto, otro proyectil impactó contra la carretera ante de nosotros; lo vi venir por el telescopio, pero no de dónde había salido. Disparé con la ametralladora contra los setos que había delante, pero no sirvió de mucho, porque los bazucazos no cesaban. De repente, el conductor me dio un aviso por el intercomunicador: "Acabo de ver un casco de acero cruzando la carretera”.




Los alemanes habían cavado una trinchera a lo ancho del camino y habían limpiado la tierra para que no se pudiese ver de dónde venían los disparos. Los proyectiles de 75 mm tienen un pequeño tornillo que al rotar 900 veces crea un retraso de una fracción de segundo tras el impacto para generar una explosión de aire. Aproveché esto y apunté a la carretera ante la trinchera para crear una explosión de aire sobre ella, pero la distancia era demasiado corta y el estallido sucedió más allá de la trinchera, de modo que los 

disparos seguían llegando. Estaba claro que el enemigo disparaba a ciegas y había cometido el error de levantar demasiado la cabeza. Cuando el operador de radio estaba cargando el siguiente obús en el cañón, el proyectil se separó del casquillo. Aunque pudimos retirar este y el proyectil con facilidad, la recámara estaba llena de cordita suelta. Recuerdo muy bien cómo metí la mano en la recámara con la manga recogida para rascar puñados de cordita y lo lisa y cálida que estaba la recámara. Seguimos intentando cargar el cañón, pero la cordita no dejaba cargar bien el obús y la recámara no se cerraba. Al final, la desesperación me llevó a usar un obús vacío a modo de martillo para encajar el proyectil y, ¡clonc!, cerré la recámara. El siguiente disparo lo dirigí contra un árbol que estaba al borde de la carretera, sobre la trinchera. El truco funcionó, porque los disparos cesaron.

Todo se calmó y nos quedamos un tiempo donde estábamos. Un rato después, Conky Harland y un oficial de infantería estaban deliberando en la parte de atrás de nuestro tanque, tras la torreta. Yo debía de estar mirando hacia arriba cuando de repente vi aparecer una pequeña raya azul en el interior del techo de la torreta: un francotirador había disparado contra ellos y la bala había salido rebotada entre los dos, así que no nos quedamos más tiempo.

Para entonces ya se estaba haciendo tarde. No fui a mirar en la trinchera, pero uno de los chicos de infantería me dijo que en ella solo había un soldado muerto. Hay que admitir que había sido un hombre de lo más valiente: él solo había detenido a un grupo de tanques, tal vez a un escuadrón o un regimiento que venía detrás, y había ganado tiempo para que sus compañeros se marchasen, a sabiendas de que probablemente no sobreviviría. Por lo que sé, todavía sigue allí con todo su equipamiento.

El 20 de noviembre era el Día de Cambrai y se celebró mientras nosotros estábamos en Holanda, junto a una municipalidad llamada Neerpelt. En aquel momento no estábamos en la columna y habíamos llenado una cafetería. Yo me emborraché con ron, que era parte de los suministros diarios para las tripulaciones de tanques, pero en aquella ocasión nos lo habían repartido en damajuanas. Estaba tan ebrio que, cuando me desperté a la mañana siguiente y me dieron una taza de té, volví a caer redondo; la borrachera me duró dos días.

Otro lugar que recuerdo bien es Oosterhout, un pequeño pueblo holandés que había sido liberado por el Primer Real Regimiento de Tanques. Yo estaba en el tanque de vanguardia de nuestra columna y los alemanes se habían retirado por el canal de Wilhelmina, que recorre Oosterhout; solo había francotiradores en los alrededores. Se oían los chasquidos de las balas en la escotilla abierta de la torreta, pero no veíamos a nadie contra quien disparar. Cuando llegamos al canal de Wilhelmina, el puente había sido volado y nos detuvimos. Conky me ordenó que abriese fuego contra los árboles de la otra orilla para generar un estallido; cuando lo hice, los disparos cesaron.

Permanecimos en Oosterhout una semana o más, mientras la brigada polaca se aproximaba por el otro lado del canal. Nos alojábamos en casas junto a un cementerio y los tanques estaban alineados en la carretera. Mientras estuvimos allí cayeron algunos proyectiles, pero los lugareños nos acogieron muy bien y organizaron bailes y misas para nosotros desde el principio. Las casas donde nos recibieron eran privadas y fueron muy atentos; compartíamos con ellos nuestras raciones y comíamos con las familias. La primera línea era el canal y, hasta que llegaron los polacos, solíamos ir a las trincheras desde las que se observaba el canal y el terreno abierto solo para estirar las piernas. En una de las trincheras había una ametralladora Spandau alemana. Yo siempre había querido disparar una y decidí probarla contra lo que me parecieron tropas alemanas que se movían a lo lejos; alineé las mirillas lo mejor que pude, calculé la distancia y… ¡brrr, brrr! La Spandau tiene una cadencia impresionante. Los disparos debieron de pasarles rozando, porque se echaron al suelo. Más tarde, la división polaca llegó por el otro lado del canal tras haber librado una contienda durante varios días y seguimos avanzando.

En otro incidente, tuvimos que defender una localidad belga situada en un risco y desde la que se oteaba un valle hasta otro risco a unos tres kilómetros. Se sabía que el enemigo estaba en el valle y, por supuesto, en terreno elevado. Por la noche, una patrulla de combate se aproximó a nuestra posición y luchó contra nuestra infantería de apoyo. Estaba muy oscuro y la batalla se libró a corta distancia. Poco pudimos hacer para ayudar hasta que la patrulla enemiga se retiró; entonces, mi tanque salió a la carretera y disparé una larga ráfaga con mi ametralladora Besa hacia el camino. Cuando terminé, Conky me dijo que había prendido fuego a algo, probablemente a una paca de heno. Cuando clareó, a casi medio quilómetro carretera abajo había un vehículo de transporte blindado enemigo carbonizado: los supervivientes de la patrulla alemana habían tenido que volver a casa andando; toda una satisfacción.

La Besa 7,92 mm

En otra ocasión tuvimos que defender un cruce en un pinar. Habíamos abandonado el campamento por la mañana, nos dirigimos al cruce y estuvimos allí todo el día. Aquella tarde fue cálida y preciosa y yo estaba comiendo fuera del tanque, en la escotilla del motor. De repente se oyó el repiqueteo de equipamiento y vi a un soldado alemán que salió de la linde del bosque tras nosotros, cruzó la carretera y se adentró en la espesura. Luego desapareció en un santiamén y el ruido de su equipamiento se perdió entre los pinos; supuse que se había separado de su grupo y estaba regresando con él. Alrededor de una media hora después se oyó el sonido de varios morteros dirigidos hacia nuestra posición; eran “minis gimientes” de un Nebelwerfer. Sabíamos que el blanco éramos nosotros y saltamos al interior del tanque. Yo fui el primero en bajar por la torreta y detrás vino el comandante Conky, a quien vi cerrando la escotilla, cosa que rara vez hacíamos. Luego vi el destello de las explosiones en el relleno de la cubierta, el tanque se despegó del suelo y volvimos a caer con un golpetazo. El impacto fue tremendo: unos 6 morteros de gran calibre habían caído a nuestro alrededor, aunque por suerte no nos habían alcanzado. Después de eso retrocedimos unos 90 metros.

Una media hora después nos llegó información por radio. Decía que un tanque enemigo se dirigía a nuestra posición por el cruce y avanzamos para encararlo. Recuerdo que le pedí al operador de radio que confirmase que había cargado un proyectil antiblindaje en el cañón. Mientras alineaba el de 75 mm hacia la cima de la colina para esperar a que apareciese el tanque, vi una columna de humo: los proyectiles de 17 libras de algún Firefly que estaba en el bosque a nuestra izquierda lo habían alcanzado antes de que asomase por la cuesta. El soldado que había visto antes cruzando la carretera seguramente fuese el que señalase nuestra posición en el cruce.

Cuando las cosas se calmaron, pudimos avanzar para echar un vistazo al “tanque”. Era un cañón autopropulsado escoltado por una moto con sidecar, equipado con una ametralladora. El cañón había recibido unos cinco impactos de los de 17 libras en el lateral y estaba calcinado; no había supervivientes. En la carretera junto a la moto había sangre, pero ningún rastro de quienes la guiaban. Jamás olvidaré el olor de un blindado carbonizado con cuerpos en su interior.

Otro incidente lo vivimos en un bosque en el que habíamos acampado. Éramos bastantes tripulaciones de tanques y estábamos sentados en grupo, charlando y bebiendo té. Uno de los chicos había encontrado una bazuca sin usar y estaba trasteando con ella… hasta que de pronto la disparó. Recuerdo muy bien que yo estaba muy cerca y vi el proyectil saliendo disparado a ras de suelo y luego ascendiendo, hasta que luego volvió a caer. Al final no explotó, supuestamente porque el detonador no había chocado contra nada sólido. ¡Menuda suerte tuvimos!

En la primavera de 1945 me transfirieron al cuartel general de la brigada para formar parte de una tropa de defensa de cuatro tanques. El cuartel siempre estaba cerca del frente, pero fue toda una cura de descanso.

Nos alojábamos en Harburg, a las puertas de Hamburgo. Recuerdo que estuve durmiendo en un granero hasta que el ruido de un motor me despertó. Me asomé por la ventana y vi que estaba amaneciendo y que un coche alemán estaba pasando al lado, con oficiales de alto rango en la parte de atrás. Resultó ser una delegación de Hamburgo que venía a negociar la rendición de la ciudad y formaba parte de las negociaciones generales para la capitulación del ejército germano que estaba luchando contra los Aliados en aquel sector.

Hamburgo, 1945

Los alemanes no tardaron mucho en acordar la rendición de Hamburgo y a mi tropa de tanques se le asignó la tarea de escoltar al brigadier y a otros oficiales de alto rango hasta Hamburgo, al otro lado de los puentes, aún intactos. Las tropas germanas aún no se habían rendido: estaban totalmente armadas y habían dispuesto cañones de 88 mm en los cruces. Avanzamos hacia la plaza del ayuntamiento, donde tuvo lugar la ceremonia de entrega de las llaves de la ciudad. Una banda estaba tocando, fue una situación extraordinaria: ¡acabamos sentados en medio de aquella enorme plaza, con soldados y civiles alemanes por todas partes y música de fondo!

Hamburgo estaba totalmente destrozada: vista de lejos parecía intacta, pero desde ella se veía que la mayoría de los edificios no eran más que fachadas; toda la ciudad había sido pasto de las llamas. Tras la rendición nos trasladamos a un hotel cercano a la zona portuaria, que se convirtió en el cuartel general de la brigada de la noche.

Hamburgo

Tras unos dos días, el cuartel recibió órdenes de trasladarse de inmediato a Berlín y ocupar el sector británico. Nos desplazamos hasta los alojamientos de las afueras de la ciudad, junto a un club deportivo y social con piscina, pero ahora no recuerdo el nombre del distrito.

Aunque estaba prohibido fraternizar con los civiles alemanes, dos amigos y yo no perdimos el tiempo, nos acicalamos nada más llegar a Berlín y fuimos al centro. Se puede decir que dimos con lo que queríamos y nos lo pasamos de maravilla; todo fue diversión, nada de trabajo.

Mientras me alojé en el club deportivo y social, el entrenador local me enseñó a jugar al tenis. Yo le pagaba con libras de café que me habían enviado mi tía y mi tío de Newcastle. Los alemanes pedían mucho tabaco, chocolate y café y la mayoría de las cosas se podían conseguir mediante trueques. El marco prácticamente no tenía valor y yo conseguí una buena cámara a cambio de 100 cigarrillos.

Permanecí en el cuartel general de la brigada hasta el 30 de agosto de 1945, cuando llegó el Primer Real Regimiento de Tanques, al que yo pertenecía. El regimiento se alojaba en el barracón de Kladow.

Me desmovilizaron el 19 de abril de 1947.

 

 

 

 

 

Agradecimientos:

WW2 People's War es un archivo de memorias de la guerra facilitadas por particulares y recopiladas por la BBC.

The_Challenger
"Fear Naught" (Sin miedo)

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